A mi madre

Tengo tantas cosas que agradecer a mi madre, lo primero la vida por supuesto, pero hay algo que siempre llevo en el corazón y en la memoria son sus historias.

Algunas veces me siento en la cocina y le pregunto por una historia, me la ha contado vente veces pero no me importa volverla escuchar.

Tiene su forma de ver la vida, la que le tocó vivir en su generación, y aunque siempre creí que era una sumisa y esclava de mi padre, con el tiempo me he dado cuenta que es una rebelde, a su manera.

Fue joven a comienzos de los 60, cuando el baby boom, los anuncios de pisos en Moratalaz y el Soberano en la copa esperando a que el hombre volviese de trabajar, cansado y con cosas que contar, muchísimo mas importantes que las de la mujer, que llevaba la economía familiar y la educación de los hijos, ahí es nada.

Mi madre muy jovencita dejó el pueblo para irse a la capital a servir a las casas, de cocinera, cuidar a los niños ajenos o lo que se terciara.

Primero estuvo en casa de un matrimonio argentino y después de un matrimonio cubano con 3 hijos, de estos últimos si que me ha contado historias, volveré a pedir que me las cuente para no olvidarlas.

Me contaba de cuando Madrid estaba lleno de americanos de la base de Torrejón, que se movían por la ciudad como Pedro por su casa creyéndose con derecho a todo, iban con sus grandes coches y una vez uno de ellos se quedó atascado en una calle estrecha y no iba ni para delante ni para atrás, los conductores que estaban esperando se hartaron y entre muchos volcaron el coche y le pusieron a dos ruedas, así se resolvían antes los atascos.

Ella tiene una memoria prodigiosa, se acuerda de historias de mi familia y de gente del pueblo,yo me puedo pasar horas escuchándola.

Quiero contar esas historias, que como pasa siempre, al pasar de boca en boca van variando, pero no pierden su esencia.

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